ENMIENDAS
I
Dijiste. Y fue la cosa.
Dijiste el Hombre, macho y hembra,
semejantes a ti.
Y el Hombre fue.
Y, como tú, fue amo.
Viste bueno lo hecho.
Fue el reposo.
Dijo el Hombre:
“De la nada no nace otra cosa que nada.
Brote del fango el padre,
y del padre, la madre.”
Y así nació.
Y dijo:
“Brote el árbol del suelo,
del árbol el deleite, el alimento,
la abundancia, la ciencia, el mandamiento,
la transgresión, la pena.”
Y fueron el pecado, el pecador,
el ángel vigilante.
Y fue el legislador, fue el policía
fue el testigo, el fiscal, el abogado,
fue el juez y fue el verdugo.
Y entonces dijo:
“¿Dónde me esconderé que no me alcance
el diluvio de lágrimas y sangre?
Que surja del pecado un redentor,
en todo nuestro igual salvo en la culpa,
que nos muestre el regreso
al paraíso sin jardín, sin árbol,
sin fruto ni serpiente ni palabras.”
Fue la esperanza.
Y vivió el Hombre, vive,
con los ojos prendidos al fin de los tiempos,
oteando la vida que ha de llegar,
diciendo,
diciendo,
diciendo
por llenar tu silencio,
su silencio.
II
Y viendo concluidos los cielos y la tierra
y creado el varón y la ayuda adecuada
y en virtud de los nombres que el varón decidiera
toda especie animal uncida a su palabra
y plantado al oriente un jardín deleitoso
con verduras y ríos y gemas y oro fino
y en medio el mejor árbol para encender los ojos
con deseo, insaciable por mandato divino
y habiendo decretado la fusión de los cuerpos
de varón y varona en una carne nueva
libre de andar al sol como un animalejo,
insipiente y, por ende, sin miedo ni vergüenza
y dado a la serpiente la misión primordial
de hacer hombre y mujer a los brutos parlantes
revelándole al mundo la primera verdad
y el peligro letal de todas las verdades
y habiendo castigado a la sabiduría
y unido la conciencia al arrepentimiento
y el trabajo al sudor y el parto a la fatiga
y la vida al destino de un suelo polvoriento,
el Gran Legislador contempló satisfecho
su pragmática enmienda al plan del Creador
y viendo corregidos peligrosos efectos,
vio que lo que era bueno estaba así mejor.
Los ojos se abrieron,
“Haya Luz.”
Y fue el deslumbramiento.
Y volaron al cielo,
“Un firmamento.”
Y navegaron,
“Únanse las aguas.”
Buscaron puerto,
“Séquense los suelos.”
donde parir,
“Brote la hierba verde.”
y desde el fruto contemplar el cielo.
Descubrieron el tiempo
“Haya lumbreras.”
el hambre
“Bulla el agua,
revoloteen aves,
prodúzcanse ganado
y sierpes y alimañas.”
Descubrieron el miedo
“Hagamos al hombre,
como Dios, fecundo.”
Y fue el amor, fue el odio.
Y fue la muerte el único reposo.
En la casa de algunos
el párroco, el obispo, el Santo Padre,
el rabino, el imán.
En la de otros,
sus dueños con su sola indigencia.
¿Dónde estará
el que dicen que habita en la casa de todos?
En todo caso, lejos.
Lejos de la alta cúpula
bajo la cual se ponen a pensarle
para hacerle avalista de unos dogmas
que avalen, a su vez, unos preceptos.
Lejos,
muy lejos de los mapas
que la ambición dibuja y modifica
y el vil defiende y el cobarde acata.
Lejos de la parcela
en la que el propietario se atrinchera
enseñando los dientes al extraño.
Lejos de las cavernas
donde el hierro se afila,
de las glándulas
donde se cuece el odio.
Lejos,
lejos de todo,
lejos,
lejos de todos.
SIN TI NO ME CONCIBO
El que eres no camina mis calles enlodadas.
Más lejos que lejano, mi donde no te alcanza.
Sólo sé de tu tiempo que empezó con el mío
que no sé cuando acaba, si es que acaba.
Me dicen que dijiste, pero no me lo creo.
De ti no me ha llegado ni una sola palabra
que no hubiera salido de los velos del templo
con acento en el cálculo y en la razón pragmática.
Y aun así te imagino sosteniendo mis cosas.
Y sin derecho alguno te aplico el posesivo.
Porque aunque no quisieras revelarme tu nombre,
sin ti no me concibo.
