EL CAUSANTE
cuando la vida se revela luz,
roces, golpes, ruidos,
ojos, manos que exigen.
Anuncia su presencia
y comienza a crecer.
Y crece y crece
con la risa y la lágrima,
cuando brilla la fe, cuando se apaga,
cuando empieza el amor, cuando se acaba,
si la metas se alejan, si se acercan,
no para de crecer.
Con el cuerpo que crece,
en el cuerpo que mengua,
encogiendo las glándulas,
el corazón, los ojos, las orejas,
las manos y la lengua,
crece hasta desbordarse
por los ojos atónitos
en la última mirada.
Te morirás de miedo
y dirán que te has muerto de otra cosa.
LA BESTIA
Despierta.
Gruñe el dolor, el hambre.
Hay algo que le tira en la entrepierna.
¿Y eso que pincha el párpado?
La luz. Ya sale el día.
Ojos, boca y olfato
se orientan a la presa.
Se levanta.
Cargado de fatiga
se dobla el espinazo.
Quiere rendirse el ánimo,
pero le brama el vientre
y el vientre de las crías.
Como le manda el hábito,
vuelve a arrastrar los pasos
por el mismo camino,
vuelve a pararlos en el mismo sitio,
vuelve a elevar los ojos, la cabeza
y, como cada día,
el mundo se detiene, sorprendido.
La cara del espejo es cara humana y
le parece mentira.
EL FARDO
Pesa, claro que pesa.
¿Y qué quiere que lleve? Lo de siempre.
Papeles,
toda una larga vida de papeles.
Y llevo cuerpos,
toneladas de cuerpos,
aquel que destilaba
leche tibia, calor,
otros que calor sólo,
otros que sangre,
y otros que sólo huesos, pero pesan.
Y llevo caras,
con ojos y sin ojos.
Las que con ojos pesan mucho más.
Y llevo
una cara, unos ojos, un cuerpo que me pesan
con el peso de todos
los cuerpos y las caras y los ojos
que llevo a cuestas.
Usted dirá si pesa.
¿QUÉ SERÁ?
A aquella poeta que me lloraba en su casa
Ese caudal que le corre
por dentro, oscuro y frenético,
que le agita las entrañas
y le alborota el silencio,
matriz de versos domésticos
inspirados en los techos,
cuajados en fregaderos
y vaciados en sueños,
¿será la sangre alterada
por tanta luna y marea
o será que la semilla
sembrada bajo una lápida
ha estallado en mil raíces
que surcan la tierra árida
para escapar de la muerte
que quiere raptarle el alma?
EL TROMPO
Los ojos giran, quietos,
por el mundo que gira,
libres, eternos.
Sueña el niño.
Callemos.
A los niños de Gaza, Sarajevo, Pristina, Freetown, Madrid, Barcelona, Guernica, etc., etc., etc.,
I
Dejó de manar la fuente.
El hambre y la sed se abocan
a las fosas desbordantes
de despojos.
En el muro acribillado
los niños buscan tesoros
y dibujan calaveras
con tizones.
Por los sembrados de cruces,
con las Hidras y las Furias,
los niños juegan cantando
sus venganzas.
Los niños, sobre los huesos,
se acuestan con los fantasmas.
Les lleva el sueño a las sombras
donde blasfeman los ángeles.
II
La fuente vuelve a manar.
Se acercan las bocas ávidas.
Los niños dan a sus hijos
su chorro de hiel y lágrimas.
Y los hijos de los niños
juegan por los mismos campos
con las mismas compañías
cantando los mismos cantos.
III
Vuelve la fuente a agotarse
y vuelven la sed y el hambre
a las fosas desbordantes de despojos
IV
Y vuelve a manar la fuente.
Y vuelven, vuelven y vuelven.
CANCIÓN DE
I
Mirando la calle
la niña cantaba:
“La gente es color
que te alegra el día
y hace compañía
lejos del balcón.”
La niña cantaba
mirando el torrente:
“Por la calle bajan
banderas, carteles,
carruajes de plata,
fusiles, juguetes,
sábanas con cuerpos,
zapatos con pies,
cajitas con huesos,
sombreros con sesos.
¡Qué bonito es!”
La niña cantaba
a la procesión:
“En cruz de oro y plata
va nuestro Señor,
su Madre enjoyada
y el cuerpo de Dios
en urna redonda
entre rayos de sol.
Le siguen señores
con ricas estolas,
otros de uniforme,
otros con sus ropas
de gente de bien.
Y guapas señoras
y niñas muy monas.
Qué bonita es
la calle tan limpia,
con tanto color
que te alegra el día
y hace compañía
lejos del balcón.”
No bajes, no, no.
TODAVÍA
A los hijos de los niños de la guerra
Todavía
alguna vez con ella me despierto
entre paredes grises y desnudas
al asombro de unas mañanas quietas
sin voces, sin olores, en penumbra.
Todavía
acompaño su triste desconcierto
por el pasillo, la cocina helada,
las puertas que limitan el encierro
donde se vuelve noche la mañana.
Todavía
salgo con ella y su esperanza al patio
por si han vuelto los niños y los juegos,
los cantos y las risas, los geranios,
la ropa al sol, los gatos y los perros.
Todavía
me sorprendo con ella en un desierto
rodeado de puertas atrancadas
y me da miedo la quietud y el miedo,
y con el miedo vuelvo a entrar en casa.
Todavía
prendo con ella el oído ansioso
a la caja de voces de otro mundo
dibujándoles cara y, con sus ojos,
contemplo los dibujos sobre el muro.
Todavía
me alerto con su cuerpo a los aullidos
que estremecen los cielos y la tierra
y corro con su cuerpo perseguido
por nubes de rapaces gigantescas,
con el alma prendida a los zapatos,
con el terror mordiéndome las piernas.
El pavimento es duro, lento, largo.
El refugio parece que se aleja.
El mundo corre, se derrumba al lado
y por donde iba Dios, la muerte vuela.
Todavía
vuelvo con ella a la casa oscura.
Entra la noche por el techo abierto
y hay luna y hay estrellas, pero mudas,
y el silencio del patio está en el cielo.
Todavía
vivo sus hambres, su dolor, su miedo
con el miedo, las hambres y el dolor
de aquella que vivía hambres y miedo
y dolor con el dolor, las hambres
y el miedo de sus muertos.
Todavía...
SALMO
Será por mi destino de paso errante.
Será que es cierto
que el oscuro mensaje de la sangre
va, como bardo antiguo,
recorriendo los hijos de los hombres.
Será que por vivirme las historias
que escuchaba o leía
creí haberlas vivido.
Será por lo que fuere,
por lo que fuere tengo
el arpa en Babilonia,
la memoria en Sión,
la llama ardiendo
en el rincón de casa donde posan
mis muertos.
¡Oh, Jerusalén!, ¿cómo olvidarte?
¿Cómo olvidar la fuerza de tus brazos
exigiéndole al cielo en la plegaria
y a la tierra en la siembra?
¿Cómo olvidar tus lágrimas regando
siempre tierra de exilio?
¿Cómo olvidar tu sangre
derramada en los campos de todos los reinos,
corriendo por las calles de todas las ciudades,
abrumando todas las conciencias?
¡Oh, Jerusalén!, ¿cómo olvidarte?
¿Cómo olvidar tus lágrimas, tu sangre
y la sangre y las lágrimas que vierte
tu defensa asesina?
Será, si alguna vez te olvido,
el día en que mi diestra ya no tenga
memoria que la anime.
El día en que la lengua se me calle.
El día en que el último culpable
justifique la última vileza
del último inocente.
Alto. No me mires.
Llevas en los ojos, los ojos del padre.
No me des las manos.
Tienen los dibujos que hiciera el dios ciego
también en mis palmas.
No vengas, extraño,
a llorar mi verja
con mis mismas lágrimas.
No quieras armarme
el odio que late con tu mismo miedo
en la misma entraña.
Pero sobre todo, aquí no te mueras.
¿Cómo distinguirte cuando se confundan
tus huesos con los huesos de mis muertos?
REQUIEM
I
Sale el sol y suenan las alarmas.
La conciencia despierta, se organiza:
agua, ropa, alimento.
Hay que orientarse
entre antiguas señales.
Recuerda:
verde, amarillo, rojo, desvío a la derecha.
Estira el labio. Un poco más. No tanto.
Bache a la izquierda.
Más vale que no corras. Ni te acerques
a un signo de peligro.
Piensa.
que dos más dos son cuatro,
que sin padrinos nadie se bautiza,
que quien no se bautiza, no comulga,
que no vale la pena
que sepas mucho más.
De cierto
uno llega a saber muy poca cosa.
Pero no tengas miedo a equivocarte.
Sobra la información. Quien se equivoca
es el simple que opina
sin haber consultado a la estadística.
Teme olvidar los signos y las normas,
pasar por alto un cambio,
dar atención a un hecho inevitable,
como el paso del tiempo, por ejemplo.
¿Qué el sol se ha puesto? ¿Y qué?
La noche ya no es
el pozo de tinieblas que anunciaba a la muerte.
Puertas adentro,
los cuerpos y las almas hoy se funden
en plena sintonía.
Donde Amor fracasó, triunfa
creadora de una fiesta interminable
al alcance de todos.
Para gozarla, basta
desnudarse del hombre,
hacerse audiencia.
¿Mañana?
Saldrá el sol y una explosión de alarmas
volverá a despertarte a un nuevo día.
¿Que si no te despiertas?
¿Y qué importa?
Despertará otro igual.
Y para los efectos,
¿no es lo mismo?
II
En casa, el mismo Dios que en la de todos.
Se puede entrar tranquilo.
No hay nada ni en armarios ni en cajones
que pueda sorprender.
¿Qué si miedo en la calle?
No, ninguno.
Caminando al compás de muchas piernas,
entonando la voz con la del coro,
utilizando las palabras justas
que autoriza el consenso
no hay mal al que temer.
¿Y en la noche? Tampoco.
La soledad no encuentra ni una grieta
por donde introducir el aguijón.
Caras, voces, palabras,
iguales me confortan.
Mi conciencia reposa
suavemente arrullada
por un eco global.
¿Cosas mías? Según.
La memoria no enfada
si se guarda en lugar inaccesible
eso que nadie quiere recordar.
Ni la imaginación si no aventura.
Ni el deseo si elige
ignorando el objeto inalcanzable.
Comprenderá
que hay que pagar el precio estipulado
para gozar los bienes que permiten
vivir la vida como todo el mundo:
descansando en paz.
SAECULUM AUREUM
Hijo del siglo, alégrate.
Has nacido en el día feliz de la victoria
contra la oscuridad.
yace vencida por la nueva Luz,
Luz de una vida nueva
que ha puesto su morada entre nosotros
alegrando los ojos, jubilando las lenguas,
ofreciendo un lugar en sus mansiones
para goce perpetuo de colores,
para reposo eterno de conciencias.
Alégrate,
el mundo se eleva
sobre los despojos de los dioses viejos
que ya no tendrás que invocar.
II
Ciudadano, alégrate.
El mundo ha derrumbado todo límite
para hacerse ciudad universal.
Yace a tus pies la historia,
con el reloj de arena, la guadaña,
y otros signos y símbolos
que atormentaban los entendimientos
y afligían las almas.
Alégrate,
libre de la incumbencia
de amo de mar y cielo y tierra y bestia,
del grave cargo
de hacer en nombre propio y de dar cuentas,
el Hombre se ha evadido
de su vil madriguera,
se ha vuelto Humanidad.