LOS PENITENTES
A los Tanhäusers
Dejan a la diosa por seguir la muerta
Cambian la alegría por la culpa
Y vagan por los siglos, condenados
a cantar misereres. Aleluya.
HASTA EL FINAL
I
Oscuridad azul.
En la barra neón violeta
unicolora caras, vasos, copas,
un muro de botellas.
Las caras, fuegos fatuos,
con canicas brillantes
miran el porvenir,
intuyendo palabras de las bocas
que emiten sin sonido.
Nada que oír.
Suena el mundo.
Los cuerpos se retuercen
con un ritmo titánico.
Estallan las formas,
saltan los pedazos
entre humos y rayos.
Infiernos y cielos
regalan milagros.
Los milagros brillan,
pequeñas esferas
de colores suaves.
Flota el cuerpo, el alma.
Del fango de siempre
surge el nuevo héroe
de la nueva raza.
II
La música celebra la epopeya.
Chunga, chunga, chunga.
Retruena en el planeta.
Chunga, chunga, chunga.
Se abren las bocas mudas.
Chunga, chunga, chunga.
Los párpados se cierran.
Chunga, chunga, chunga.
Ojos cerrados miran.
Chunga, chunga, chunga.
El núcleo del misterio.
Chunga, chunga, chunga.
Es todo de colores.
Chunga, chunga, chunga.
Que bailan, bailan, bailan.
Chunga, chunga, chunga.
Baila que bailarán.
Chunga, chunga, chunga.
Toda la eternidad.
III
La eternidad se para.
Los ojos se sorprenden.
Luz amarilla, quieta
muestra unas grietas negras,
entre labios violetas.
Sorprenden los sonidos, las paredes, el techo,
las puertas que se abren a la calle,
las calles donde el aire hiere el cuerpo,
la claridad azul y ese silencio
que advierte que la muerte se despierta.
IV
A toda prisa
giran las ruedas
por grumos negros
junto a una raya
que zigzaguea.
Los ojos ciegos,
las bocas mudas.
No pasa nada.
Todas las cosas
son como nubes
blandas que bailan
con el chunchún,
que suena y suena
que sonará
todo el camino,
toda la vida,
la vida es corta,
con muchas curvas
de colorines
que bailan, bailan,
que bailarán
toda la vida,
¿la eternidad?
TENTACIÓN
Encendidas las piedras, el camino.
Río ardiente, amarillo.
Un amarillo oscuro, transparente,
como ese líquido en la copa, amargo,
dulzor amargo el líquido, la lengua.
Un amarillo amargo en la cabeza
corre montaña arriba. Sobre ascuas
salta la noche negra.
Arriba giran las estrellas, blancas.
Abajo ruedan piedras.
Brazos negros se agitan
y arañan las pupilas.
Decían que la noche tiene zarzas
que esperan a la carne solitaria
para rasgarle el ama.
Rasga el río de piedras un chirrido.
Alguien abre las puertas del infierno.
El mundo se detiene.
En la orilla del cauce,
a unos cuantos segundos de caída,
lo que hay es más que noche, más que negro.
¿Y si no hubiera infierno
ni el dios que le acompaña
ni buitres que eternicen las entrañas
eternizando al reo?
¿Si no hubiera memoria,
y si eso que habla y habla
para seguir viviendo
callara de repente y luego nada?
¿La paz de los sepulcros?
¿Nada blanca?
¿Nada de nada? ¿Nada?
¿Y tanto, tanto, tanto para nada?
Metal fundido en la cabeza gira.
El miedo salta,
revuelve el remolino
de oro incandescente.
Y hay un motor que arranca y una máquina
que huye despavorida,
lejos del hueco negro, por el río
de piedras amarillas,
la esperanza.
A unos cuantos minutos, techo, cama,
otra noche probablemente corta.
Pero luego, con suerte, si Dios quiere,
mañana,
mañana la resaca,
MAÑANA DE PASCUA
A Caspar Friedrich
corre el camino
entre ramas torcidas
de árboles medio muertos
o medio vivos.
Como ojo de dios sordo
y mudo y ciego,
el sol va descontando
otro día a los días de los vivos
y a sus recuerdos.
Como sombras de un limbo
van las mujeres
a visitar sepulcros.
Muerto el amor de frío,
la fe de penas,
ya no les queda más que la esperanza
para verlos vacíos.
LA ULTIMA PALABRA
Se fue la luz.
Volvieron a vivir los candelabros
por gracia de la urgencia.
Quedó la sala negra
y aquí y allá fulgores amarillos,
como en un velatorio.
La pálida agonía de los cirios
nos llevó el pensamiento a la velada
a la habremos de asistir ausentes.
Y de pronto, murmullos, tal vez llantos
llegaron del futuro
a llenar el silencio de preguntas.
¿Les oiremos entonces?
¿Desde dónde?
Alguien trajo una radio.
Los oídos se abrieron como brazos
que se abren al amigo.
Y estallaron las voces y las risas
para apagar la voz al agorero.
-Temporalmente -dijo
la oscuridad malévola.
Y la esperanza replicó
-¿Quién sabe?
LA CASA
En la casa de siempre,
en cuanto abrió los ojos,
le sorprendió en el techo
el ojo vigilante
que observaba hasta el último rincón,
haciendo del perdón algo improbable.
¿Y entonces, el amor?
En una casa nueva
bajo un techo desierto
estrenó soledad
justificando cuanto le importaba,
borrando de su historia lo que no,
relegando el perdón a innecesario.
¿Y el amor?
Hubo otras casas
con techos solitarios,
pasillos y pasillos
cada vez más oscuros y curvados.
Y el cansancio llegó para quedarse.
No habría más pasillos
que ése último, recto, sin desvíos
que enseñaba el final a pocos pasos.
Ay, si encontrase allí, como al principio,
al ojo abarcador
que iluminaba todos los rincones.
¿Y entonces, el perdón?
¿Y si fuese el perdón
una mala costumbre de los muros
que sin ellos no haría falta a nadie?
Entonces, ¿el amor?
AL PRINCIPIO
Reconozco
en estas aguas cada vez más quietas
a la mano piadosa que me ofrece
la venda negra.
La acepto.
No quiero acabarme juzgando al verdugo.
Quiero, ojos adentro,
volver a armonías, a formas, a versos,
palabras, miradas, silencio,
de pronto aleteos
sobre aquellas aguas,
y luego la voz
y la luz aquella
y luego el principio
de una lengua nueva.
